Entrevista



 

Daniel terminó la escuela y está contentísimo. Tiene la seguridad de que con su esfuerzo va a salir adelante, pese a todo. Gana unos $ 10.000 en Tacurú, donde realiza tareas de barrido, y los destina a pagar la cuota mensual de la precaria vivienda que pudo comprar, por $81.000, para vivir junto a su esposa y tres hijos. De mañana sale a "requechar", junta para la comida y, hasta diciembre, por las noches, iba a estudiar.

 

El sacerdote Ruben Avellaneda, salesiano, director del Movimiento Tacurú, recordó esta situación que conoció hace pocos meses y la contó emocionado. "¿Daniel, vas a salir adelante?", le preguntó en aquel momento y el muchacho, de 27 años, le respondió que sí, que eso es seguro.

Historias así se viven a diario en las distintas sedes de esta organización que desde hace 35 trabaja en barrios de contexto crítico, como Marconi, Borro, 40 Semanas y Lavalleja, brindando oportunidades laborales, de estudio y recreación a miles de niños y jóvenes. Pero una luz roja está encendida en Tacurú, porque el dinero escasea. 

 

"Tenemos alerta, estamos bastante desfinanciados. Achicamos servicios y estamos trabajando con el mínimo de personal", dijo Avellaneda a ECOS y aseguró que "la obra no está en riego porque está la congregación salesiana detrás, pero si fuera una empresa privada, sí lo estaría". De todos modos, aclaró que, más allá de lo que la gente piensa, la iglesia en Uruguay es pobre y no existe algo así como un banco salesiano que los salve de los problemas.

Tacurú tiene su principal fuente de ingresos en los convenios que mantiene con la Intendencia de Montevideo para el barrido, limpieza y mantenimiento de diversas zonas de la ciudad. "Pero los convenios hoy son pocos", afirmó el director y comparó: en 2015 había 580 muchachos en barrido y ahora, 350. "En este momento, la realidad de los jóvenes de estos barrios está complicada, tenemos que darles algo urgente, darles oportunidades", enfatizó. Ruben Avellaneda, director de Tacurú. 

 

De hecho, señaló el sacerdote, hay una “demanda impresionante” para ingresar a los convenios laborales. “Hay mucha necesidad de trabajo, pero tenemos cerradas las inscripciones porque no tenemos nuevas propuestas. El año pasado abrimos solo 15 días y tuvimos 450 inscriptos”, contó. A eso se suman situaciones especiales de algún joven que salió de la cárcel y se quiere reinsertar, pero no tiene dónde, o de otro que “si tuviera un laburito podría salir de la mala”.

 

La preocupación pasa también por el complemento educativo que se da a los jóvenes que trabajan en el barrido. La intención es que puedan tener cursos complementarios y adquieran habilidades que les abran puertas a la hora de su inserción en el mercado laboral cuando salgan de Tacurú. "Pero los rubros son escasísimos".

 

Avellaneda reconoció que con la Intendencia el diálogo es constante, pero tiene la impresión de que el dinero destinado a esta área será "cada vez limitado". "Igual seguimos confiando en la Intendencia, que por medio de las políticas sociales está dando trabajo a estos chiquilines de Tacurú y de otras organizaciones. Si no existiera esto la situación de nuestros barrios estaría más complicada", afirmó.

“No hay mejor cuña que la de un mismo palo”

 

Tacurú educa y brinda oportunidades laborales o de recreación, pero en todas sus actividades la clave es el acompañamiento. “Ese es nuestro modo de estar presentes en la vida de estos muchachos”, explicó el sacerdote y agregó que buscan escucharlos y saber de sus problemas, que son muchos.

 

“Estos chicos tienen que sostener su trabajo, que empieza a las 7 de la mañana. Y ¿cómo durmió ese chiquilín? ¿Comió? En el barrio la situación es complicada, incluso en algunos lugares ni tienen ómnibus para ir”, relató Avellaneda. “Ahí es donde están los educadores acompañando, escuchando y sancionando, porque eso también forma parte”, agregó. “La mayoría de los educadores pasaron por esta casa, fueron población objetivo y, como dice el dicho, no hay mejor cuña que la de un mismo palo”, afirmó. 

 

Una de esas cuñas es Jorge, educador (y ahora coordinador de educadores) que está en Tacurú desde 1993, cuando estaba el Padre Mateo Méndez al frente. “Para hacer esto tenés que saber lo que es no tener para comer o para el boleto, e ir caminando a trabajar”, afirmó el hombre de 41 años, que asegura estar feliz con su tarea. “Te tiene que gustar estar con los chiquilines. Nosotros siempre llegamos temprano al cantón, conversamos, a veces hay gurises que no comieron y les damos un café, conseguimos algo para comer y a las siete salimos a barrer”, contó.

 

Lo mismo piensa Lucas, quien ingresó a Tacurú de niño en el oratorio, después hizo tareas de barrido, pasó a ser educador y ahora es el coordinador de la Escuela de Deportes, a la que concurren 350 niños y adolescentes. “Haber tenido la experiencia te da otro diálogo, te conecta de otras formas con ellos”, dijo. 

Drogas, “curro”, pobreza y violencia

“El consumo de drogas es una situación más que problemática en esta población, complica mucho, como también el curro, el negocio”, afirma el director de Tacurú y agrega que también enfrentan casos de violencia doméstica. “Hay situaciones que nos sobrepasan, pero siempre estamos junto al joven que necesita el acompañamiento”, aseguró Avellaneda.

 

Pero lo peor, según el sacerdote que encabeza Tacurú, es la pobreza. “Hoy hay hambre. Hay pobreza material, cultural y humana”, afirmó y opinó que la forma en que se vive en los barrios de donde llegan los jóvenes a la organización también es parte del problema. “Allí la locomoción es mala, igual que la iluminación, la limpieza. Y eso es discriminación”, enfatizó. 

“Hoy vemos por televisión esas grandes estafas, las evasiones, los negociados. Pero siempre terminamos castigando a estos gurises. Y claro que hay responsabilidad del delincuente, no son nenes de pecho, pero ese gurí: ¿cómo nació, cómo se crió, qué familia tuvo, qué medios? Y si te criaste en un ambiente así, ¿qué podés esperar? Hay que intervenir, controlar, ser Policía, pero ver las causas”, sentenció Avellaneda.

 

Los proyectos de Tacurú

Actualmente, la organización tiene cuatro grandes proyectos y otros más pequeños que van sumando oportunidades puntuales a los jóvenes que forman parte del movimiento. El más conocido y duradero (y el que provee de la mayor parte de los fondos a la organización) es el de los convenios de barrido con la Intendencia, que viene desde el año 1992.

 

Otro, en conjunto con INAU, permite el funcionamiento de un club de niños y dos centros juveniles, que nuclean a 80 chicos. Un tercero, que nació incluso antes que el movimiento y se integró luego a su oferta estable, es la Escuela de Oficios Don Bosco. Enclavada en el Barrio Marconi, tiene 250 alumnos y un funcionamiento similar al ciclo básico de UTU.

 

El cuarto gran proyecto es la Escuela de Deportes. Allí, en fútbol, karate, boxeo, handball, tenis de mesa, tenis y zumba tienen una asistencia de 350 niños y adolescentes de lunes a domingo. Organizan competencias y están integrados a la Asociación Uruguaya de Fútbol Infantil (AUFI), participando de sus torneos. De hecho, de allí emergió una figura como Brian Lozano, campeón panamericano en 2015 con la selección uruguaya y actual jugador de Nacional.

 

Por otra parte, está creciendo un proyecto junto a UTU, que son los cursos de Formación Profesional Básica (FPB). Allí hay cursos de gastronomía, construcción y está empezando mecánica automotriz. Actualmente, concurren unos 50 adolescentes que desertaron en alguna parte del ciclo básico y comenzaron de nuevo.

“Tenemos varios programas, pero la cuestión no es solo hacer propuestas para jóvenes y niños en estos barrios de contexto crítico, sino cómo sostenerlas, cómo mantener al chiquilín enganchado. Para eso es muy importante el vínculo que se establece con ellos y el trabajo de los educadores”, agregó Avellaneda.