Barriendo prejuicios- EL OBSERVADOR



COMARTIMOS ESPECIAL DEL DIARIO EL OBSERVADOR

FUENTE CLICK AQUÍ
 

 

Jorge Lozano empezó como barrendero en Tacurú y ahora es educador; trata de inculcarle a los jóvenes el hábito del trabajo para que salgan adelante


Son las 7 de la mañana. Hace poco que amaneció y en la plaza que está al lado del hospital Español, resalta un grupo de jóvenes con sus uniformes azules y sus camperas naranjas. Están prontos para empezar otra jornada de trabajo con sus escobillones y un fajo de bolsas atado a la cintura.

Tienen su base operativa –o cantón– en una casa pegada a la iglesia del Reducto y forman parte de Tacurú, la obra social de la congregación salesiana que tiene el objetivo de promover el trabajo entre jóvenes en situación de pobreza y alta vulnerabilidad social, de los barrios Casavalle y Lavalleja. De allí proviene la mayoría de los jóvenes que limpian las calles por convenio con la Intendencia de Montevideo. Esos acuerdos son por un año, con posibilidad de extenderlo a dos.

 

De la casa sale acelerado Jorge Lozano, conocido como Cuqui. De barba y pelo largo atado con un moño en la nuca,también lleva el uniforme aunque su remera dice Educador. Es uno de los tres que cumple ese ron en el proyecto, junto a Mariana Díaz y Fabián Escobar. Cada uno dirige a una cuadrilla de entre 15 y 20 jóvenes. Saluda e invita al equipo de El Observador a acompañarlo en el camión que ya se pone en marcha.

 

El vehículo arranca y el viento de una mañana más otoñal que veraniega pega en la cara. "Ahora está fresco y es marzo, imagínate lo que es en invierno y cuando llueve", explica Cuqui mientras le ceba mate a los muchachos que viajan sentados en un banco de la caja del camión bajo un toldo de lona. Los más desinhibidos hacen chistes y preguntan dónde saldrán publicadas las fotos.

 

Al llegar a la zona de trabajo, que varía según el día de la semana, Cuqui los va llamando de a uno o de a dos. Como es miércoles toca el área comprendida entre las calles General Flores, bulevar José Batlle y Ordoñez, José Pedro Varela y Luis Alberto de Herrera.

 

El educador se baja con ellos, les da algunas indicaciones sobre la dirección en la que deberán barrer y vuelve a subir. El operativo se repite cada pocas cuadras. Al final quedan dos que son los encargados de recoger las podas o basura más pesada, según les haya indicado en Centro Comunal 3, desde donde se los supervisa. Pero antes de que empiecen con esa tarea el camión deja a Cuqui en la base para que realice tarea administrativa como el llenado de las planillas de asistencia.

Responsabilidad y hábito de trabajo, esos son los valores que Cuqui trata de transmitir a los chiquilines, convencido de que es la manera en que saldrán adelante. Es lo que él aprendió porque también fue barrendero. "Cumplir un horario, el tema de la responsabilidad en la operativa, usar una indumentaria –un uniforme que tenés que cuidar– y cumplir reglas. Si bien hay cierta flexibilidad, hay que entender que tenés que responder a alguien, en este caso la intendencia", explica.


 

Entró a Tacurú cuando tenía 18 años. Vivía a unas cuadras de la institución, su hermano había trabajado ahí y ni bien llegó a la mayoría de edad se presentó para seguir sus pasos. Necesitaba trabajar. "Somos diez hermanos, seis mujeres y tres hombres, y una chiquita que murió a los tres meses, cosas de la vida... Mi padre hacía changas, mi madre hacía costuras, iba a la feria a vender ropa", recuerda. Los $ 4.000 que cobraba en aquel Uruguay que en 2003 salía de la crisis sirvieron de ayuda a la familia.

Al principio renegaba del trabajo de barrendero."Entré el 20 de enero. Hacía flor de calor pero yo andaba de buzo y capucha porque me daba vergüenza. Capaz no es lo que quería en un principio pero es un trabajo común y corriente", dice con la perspectiva que le dieron los años.

 

Termina de completar las planillas, y debe salir a supervisar a los barrenderos. Agarra varios paquetes de bolsas y se sube a su auto. Verifica que estén haciendo el trabajo bien, que ninguno esté sentado o conversando. Le repone las bolsas a los que se les terminaron ya que van juntando la basura y la dejan apilada en las esquinas desde donde luego otro camión las recogerá. El vehículo de esta cuadrilla cuando termine de levantar las podas las llevará a la usina de Felipe Cardoso y luego regresará.

¿Todos cumplen con el trabajo? Responde: "Ha pasado alguna vez que se hacen los distraídos y dejan alguna cuadra sin barrer, en ese caso les digo que cuando terminen vuelvan para atrás y la hagan". A su vez, el supervisor general del cantón sale con el encargado del centro comunal a controlar a las tres cuadrillas.

 

En cada punto donde hay un barrendero Cuqui detiene la marcha le pregunta cómo va y le alcanza más bolsas si precisa. Si ve que no tiene puesto un guante, le recuerda que debe usarlo, para protegerse las manos.

 

Jenifer no tiene buena cara y le explica que se siente mareada. Cuqui llama al camión y le pide que pasen a buscarla para llevarla al cantón. Le pregunta si comió algo. Según cuenta el educador, "muchos gurises vienen sin comer, y trabajando al rayo del sol se sienten mal". Por eso trata de conseguir bizcochos en una panadería de la zona. A las 6.30 la mayoría ya está ahí tomando mate y comiendo algo para no salir con el estómago vacío.


 

Pero el hambre es solo uno de la larga lista de problemas que enfrentan estos chiquilines. Muchos de ellos, sobre todo las mujeres, son víctimas de violencia doméstica, tienen familiares presos, deben hacerse cargos de familiaresenfermos que han tenido intentos de autoeliminación o un ACV (los educadores cuentan sorprendidos que hay varios casos). También viven entre la violencia y el fuego cruzado de las bandas de narcos del barrio.

"Cuando les toca (las balaceras) lo viven muy mal por los hijos que no pueden salir a jugar, o ir a la escuela. Tratan de venir igual pero otras veces te escriben –sobre todo las gurisas– y te dicen que tienen miedo por los hijos. ´No me voy a arriesgar a una bala perdida esté por ahí´". La mayoría de las barrenderas son mujeres y madres de más de un hijo pese a que apenas pasan los 20 años.

 

Las situaciones más delicadas las derivan a la psicóloga Lourdes Cabrera que le da apoyo al equipo. Si bien algunos son de pocas palabras, Cuqui dice que se da cuenta cuando tienen un problema. Han visto llegar a algunas jóvenes con golpes o magullones y les aconsejan que hablen con la psicóloga, pero no siempre las convencen de que denuncien. "Suele pasar que se reconcilian porque tienen hijos en común y vuelven con la pareja", cuenta. La técnica se encarga también de cosas mucho más terrenales pero necesarias como que tengan al día la cédula, la credencial o el carné de salud. En una planilla anota los nombres de varios que deberán concurrir la semana próxima a tramitar el carné de saluda una empresa en la que les cobrarán menos.

 

450 jóvenes participan actualmente de los proyectos educativos de Tacurú. La mayoría son convenios de limpieza con la Intendencia de Montevideo.
Twitear


Le pregunto a Cuqui si alguno de los de su grupo ha cometido algún delito trabajando ahí y dice que no pero afirma que a muchos "hay que pincharlos para que no se desvíen". Cuenta que se quejan porque la plata nos les da, porque se les va toda pagando cuentas y le han dicho: "me dan ganas de salir de acá y robar un Abitab, ya me tiene podrido la situación". "Ahí es cuando más uno tiene que acompañar. Les digo: sabes que la plata no te da porque tenes dos hijos, tenes que comprarles ropa, los materiales para la escuela o arreglar unas chapas pero si estás acá es porque tu intención no es robar".

 

Cuqui sabe de "desvíos" porque su hermano mayor estuvo dos años preso cuando era adolescente por robar aunque ahora celebra que "sentó cabeza, gracias a Dios".

También hay entre los barrenderos algunos que han estado privados de libertad y se acercan a Tacurú porque saben que en otros lugares con sus antecedentes no le darían empleo.

 

En Tacurú el trabajo se complementa con la participación en talleres que se realizan los jueves durante tres horas en la tarden la sede de Tacuru, en Casavalle. Por el mes de marzo, la psicóloga consiguió un taller de informática en la Fundación Telefónica, a dos cuadras del cantón,para que aprendan a usar internet para buscar trabajo o hacer un curriculum ("para que sepan que internet no está solo paraFacebook", dice Cuqui) pero por lo general en los talleres tratan temas que ellos mismos proponen como violencia doméstica o consumo de sustancias.

18 mil pesos es el salario aproximado que cobra un barrendero en la mano si no falta, ya que recibe una compensación de $ 2.500. Los educadores perciben unos $ 23.000 y una compensación de $ 7.000 por usar sus vehículos para la supervisión
Twitear


Ese es otro tema con el que deben lidiar los educadores. "La mayoría consume faso. Ahora que se legalizó es más liberal, y si lo hacen después de las 13 horas, cuando salen de trabajar no podemos hacer nada. Lo que les dejamos claro es que si vemos a alguno consumiendo en la zona o antes de entrar, le damos de baja".

La acumulación de 20 faltas, el bajo rendimiento, la venta o el robo de materiales, la agresión verbal o física son también causal de despido o cese del convenio, según determina el reglamento. De todos modos, la psicóloga resalta que se trata de un grupo muy bueno y constante y subraya que más del 50% permanece desde hace un año, cuando comenzaron a trabajar.

Cuando le pregunto a Lozano qué es lo que lo lleva a mantenerse en este trabajo después de nueve años, responde: "Me motivan los gurises. Mañana cumplo 34 años (por el jueves). Pasé lo que pasaron ellos, había cosas que te corregían por tu bien, para el día de mañana poder trabajar en una fábrica,donde al dueño le va a importar la producción y no tus problemas personales. Todo lo que recibí al día de hoy lo implemento con ellos".

Y lo que más lo motiva es ver los resultados. "El 80% o 90% de los gurises que no tenía hábitos de trabajo o estuvieron privados de libertad hace un proceso espectacular y cuando pasa el tiempo te ven y te agradecen. Eso te llena de felicidad".

 

"A veces nos quejamos de un champion roto y te pones a escuchar cómo vive cada uno, en casa de chapas, con piso de barro, sin sanitaria, sin plata para pagar por que les vacíen el pozo negro. Lo que te llena es venir a trabajar con ellos"

 

Asegura que no necesita mucho más. Aprendió de los salesianos a ser austero. Usa siempre la misma ropa y gasta un par de championes hasta que se le rompen. "Nos quejamos de un champion roto y te pones a escuchar cómo vive cada uno, en casa de chapas, con piso de barro, sin sanitaria, sin plata para pagar por que les vacíen el pozo negro. Lo que te llena es venir a trabajar con ellos".

 

Vive con su pareja y su hijo de cuatro años en una casa que alquila en el Cerrito de la Victoria y su mayor lujo es tener auto. Lo compró uno de sus hermanos menores, el futbolista Brian Lozano, quien después de hacer carrera en Nacional y Defensor, ahora juega en el club Santos Laguna, de México. "Me lo compró mi hermano porque tengo dos trabajos y lo preciso pero si era por mi seguía juntando, lo uso más que nada para mi familia y el trabajo", justifica.

 

El auto le permite pasar por su casa a almorzar y ver a su hijo entre su trabajo en Tacurú y su otro empleo en el proyecto Tribal, un hogar de amparo de INAU ubicado en el Cordón. Allí trabaja de 14 a 22 horas en un régimen de tres días y tres de descanso.

 

Si bien con el multiempleo no le sobra el tiempo su meta es terminar un curso de enfermería que dejó por la mitad cuando sumó el segundo empleo e irse de misionero a África, donde los salesianos trabajan hace años. "Allá hay dos curas que conocí en Tacurú y si bien no hace falta ser enfermero para ayudar, sé que precisan una mano enorme por todas las enfermedades que hay. Tengo que ver con mi pareja si está de acuerdo pero tengo de verdad ganas de irme".

 

Mientras tanto, en Garibaldi y Marsella, el reloj está por dar las 12 y el trabajo va a llegar a su fin. Las otras dos cuadrillas vuelven caminando porque terminan el barrido a pocas cuadras del cantón. A la de Cuqui –que está más lejos– la recoge el mismo camión que los llevó a las 7. A medida que van llegando se cambian, se despiden y se van.

El ejemplo de Cuqui demuestra que valdrá la pena regresar al siguiente amanecer.